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El sabio Athos

- Mi querido Athos - Dijo D´Artagnan-, os admiro, pero después de todo estábamos en culpa.

- ¿Cómo en culpa? - prosiguió Athos -. ¿De quién es el aire que respiramos? ¿De quién el océano sobre el que se extienden nuestras miradas? ¿De quien la arena sobre la que estamos tumbados? ¿De quién la carta de vuestro amante? ¿Son del cardenal? Ese hombre se figura que el mundo le pertenece; estáis ahí, balbuceante, estupefacto, aniquilado; parecía que la Bastilla se alzaba ante vos y que la gigantesca Medusa os convertía en piedra. Veamos, ¿es conspirar estar enamorado? Vois estáis enamorado de una mujer a la que el cardenal ha hecho encerrar, queréis apartarla de las manos del cardenal; es una partida que jugáis con Su Eminencia: esa carta en vuestro juego, ¿por qué ibais a mostrar vuestro juego a vuestro adversario? Eso no se hace. ¿Que él lo adivina? En buena hora. Nosotros adivinamos el suyo de sobra.

(...)

Extraído de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas

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