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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Relatos Cortos. La gente en su calle discutía si era una persona triste, pero eso nunca nadie lo llegó a saber. Vivía en un cuarto bajo un tejado gris, cada vez menos y peor. No peor por estar triste, sino porque cada vez que lo estaba, se proponía elegir entre saltar desde el tejado gris o escribir, y así escribía y escribía y guardaba sus páginas, de forma que la habitación se llenaba y se iba haciendo menos y menos espaciosa. La gente nunca llegó a saber si era una persona triste pero lo cierto es que, a veces, mientras escribía, la boca se le curvaba y reía un poco. - Escribe, escribe, escribe, escribe, escribe. Escribe. Como si no tuvieras nada más romántico que hacer. - Hoy no. Hoy ni Fígaro podría convencerme de que llorara. Quizá si estuviera aquí me pegaría un tiro. Pero no podría quitarme esta estúpida sonrisa de la cara. Póngame un whiskey. Y deme fuego, si es tan amable. y un abrazo...no, espere, no por este orden. Vaya propina. Necesito también algunos motivos para seguir viviendo. Aunque me bastaría con no compartirlos con quienes los desperdician. Esos que insultan a la vida y fotografían al suicidio...ah, el suicidio. Es una pena...que haya que cortarse las venas para que le escuchen, digo. Vaya propina se está ganando. A mí ya me da igual. Sólo me gustaría ver, antes, a esos libros tristes y oscuros arder. No, espere, menuda barbarie. Queme a sus grisaceos autores. Hágalo por mí, que buena propina le debo. Grite. Y, por favor, sonría. Aterriza junto al piano y se levanta - Tal vez la música no sea lo mío - le dice con una ironía que choca con el azul helado de sus ojos. Las teclas se miran unas a otras sin saber qué decir mientras ambos, ladrón y pianista, se calzan y abandonan al mismo paso el salón a la oscuridad para pintar la ciudad de negro. Nuestra lata de sardinas tiene a penas tres ruedas y pocas plazas más, lo que no quiere decir que no recojamos en el camino a cualquiera que ofrezca su dedo y comparta su destino. Suenan fracasos de los extintos ocheta y algún que otro éxito de los setenta. Pero cuando realmente truena en la carretera, cuando realmente oímos el rugido de latón es cuando despliega sus alas oxidadas e infinitas...dejamos a los watios volar, que se enreden en las melenas mientras pedaleamos -a ratos- hacia algún lugar menos tranquilo. ¿Qué pasa? ¿Se te han acabado las balas? No me mires así. Aquí dentro no se oyen grillos. Sólo tu llanto de niña. ¿Es que te has dejado las alas en el perchero? ¿o sólo tus ideales sublimes? ¿piensas tirarte ahí, tirado, toda la primavera? Hasta tu reflejo en la botella se ríe de tí. Y a mí me dan ganas de hacer lo mismo... - Creo que nos hemos vuelto a equivocar de botón, Mike. Ambos fijaron sus miradas en el cuerpo inerte sobre la camilla. - El botón "Quiero" está junto al corazón, un poco más abajo. Todavía estamos a Martes y, con este, ya son tres los cantautores que han venido a su ventana a desordenar metáforas. ¿No se darán nunca cuenta de que no existen escaleras tan altas? de que se arrancaría la trenza antes de dejarla caer por el balcón...de que el coñac casi nunca rompe corazones y de que las manchas de llanto no hay quien las quite... - Antes las cosas eran de otra manera - sentenció el viejo mientras se acomodaba en el taburete. Su barba parecía sacada de un cómic de Uderzo y Goscini y su mirada de una novela de García Marquez. - Antes las cosas del amor eran diferentes. A las muchachas se las trataba de otra manera. No sabíamos exactamente dónde quedaban París y esos sitios. No ibamos a ver películas, pero las historias de amor bonitas las teníamos aquí, entre nosotros. Antes eras capaz de pelearte por amor, y alguna vez te caían cuatro palos y, al final, siempre te besaban - concluyó el anciano mientras masticaba el último trago de vino. Sus ideas parecían sacadas de una canción de El rey lagarto y, sus palabras, de un corazón más sabio que viejo. El Canis lupus vetus, comunmente conocido como perro viejo es un mamífero que se caracteriza por rechazar la vida en comunidad y llevar sombrero. Habita en lugares oscuros de todo el planeta (tierra), normalmente en el exterior del cuerpo humano y se alimenta básicamente de personas e instrumentos musicales de viento metal. Las noches de la luna llena sube a lo alto de la montaña junto a la gran ciudad a cantar, resumiendo todos los problemas en uno sólo (el de siempre) y esperando que alguna princesa lo bese para convertirlo en príncipe y poder llevar una corbata a juego con el sombrero. Érase una vez una ciudad poco normal, con su príncipe y su mendigo, su invierno y su primavera, su vecina y su rival, pero con todas las paredes de cristal. Estaba prohibido - por decreto real - abrir los ojos en esta ciudad. La gente caminaba por la vida dando palos de ciego a la calle (algunos al revés) para no ver ningún mal. De vez en cuando, algún rebelde (casual o causal) abría los ojos, pero la guardia, con sus coacciones y sus gafas de sol, le devolvían a la cómoda oscuridad. Todo empezó aquella mañana en que te levantaste con la piel de gallina. Todos pensamos que habías tenido otro de tus sueños, pero, cuando a las dos semanas comenzaste con lo de las mariposas en el estómago, aquella historia empezó a llamar la atención. Los médicos afirmaron que estabas enamorado; los poetas, que eras libre y los músicos dijeron que habías descubierto el jazz. Finalmente te salieron pájaros en la cabeza y, cansado de todo, te fuiste volando. Jean-Philipe Gautier nació, como todo buen besador, en una primavera parisina en la primera mitad del siglo XX. Vivió una infancia demasiada feliz rodeado de sus seres muy queridos, y desde pequeño, demostró una asombrosa habilidad para besar. Jean-Philipe daba tenía un beso para cada persona en cada momento; podía rozar con sutileza y ternura, podía morder apasionadamente... jugaba con sus labios de mil maneras diferentes. Jean-Philipe, como todo buen besador, viajó por el mundo alquilando su labios -y sólo sus labios-, enseñando a besar o vendiendo diccionarios (claro está, de besos) buscando a alguien que le pudiera hacer feliz de la misma manera que él hacía felices a las personas hasta que un día, en un otoño holandés, conoció a una muchacha y la besó. Fue más corto que una vida, a penas lo suficientemente intenso para que nadie pudiera decir que no se hubieran rozado...pero a Jean-Philipe le sobraron todos sus sentidos. Despreció las orejas, se sacó los ojos y regaló su nariz, nunca más los necesitó. Por fín quedó Jean-Philipe Gautier, como todo buen besador al final de su carrera, solo, insesible, feliz. Llovía con furia cuando, bajo ese viejo sombrero , reflexionaste sobre cómo habías visto toda esa sangre mezclándose con los charcos desde que comenzó esta historia que, en ese momento, parecía acabada. Te paraste en seco cuando te diste cuenta de lo lejos que podían estar aquel cadáver del depósito de ser el mío, el revólver de tu mano y la esquina de tus pies. Aquella avenida, la tuya, se convirtió por primera - y última - vez en un callejón sin salida. Interminable. "Prohibido tocar" Aquel cartel se alzaba arrogante ante mí, imperativo, amenazante. Yo intentaba mantener su mirada con un desafío sujeto a mí con imperdibles. El botón rojo no vió acercarse al dedo cuando, sabiénose...no, creyéndos a salvo de la subjetividad fue hundido en su propio ego. Sangró, al ser pulsado, ese aire de libertad que respiran los pocos humanos que quedan. La acústica contemplaba, atónica, como aquella guitarra vieja y desafinada conseguía sonar más alto que todos los motores de la calle Barret. Miraba, incrédula, como, en la sencillez de su belleza, doblegaba, relativizadaba e incluso armonizaba a todos aquellos gritos y ruidos primermundistas. La escena se congeló y durante unos segundos sólo se oyó aquella melodía melancólica y metálica... El músico, ingénuo, orgulloso, vació simbólicamente la gorra en el bolsillo de la gabardina, se la ajustó a su cabeza llena de aves y comenzó a caminar hacia la otra acera sin advertir el coche que se abalanzaba sobre él demasiado seguro para frenar. Por fín, llegó al Andén. A sus lados, yacían las vías, esas perseguidoras del horizonte incapaces de perdonar. - ¿Puedo ayudarle con su maleta? - preguntó cortesmente un hombrecillo con marcado acento francés. - Sí. Con cuidado por favor, llevo ahí mi corazón. - No se preocupe, lo tendré - mintió el trabajador, cansado de tanto pasajero que, diciendo por egoísmo bohemia, encuentra en los trenes la solución a todos sus problemas... Sangre. Sangre, Sangre. Toda la habitación olía, sonaba, sabía a sangre. Todo menos yo que, impasible por fuera, contemplaba silencioso toda esa sangre. Fue como una tormenta de verano tronando en la cabeza, lloviendo sobre el corazón. Me repetía inútilmente, una y otra vez, que la odiaba, que ella me odiaba, que no volvería a suceder. - Al menos no con ella - me contesté con una ironía que recordaba a un cementerio. Así, delante de aquel cuerpo ensangrentado cayó la noche, y no recuerdo si también llegó la aurora, roja. Sólo sé que en toda aquella eternidad no logré averiguar si toda la sangre manaba del corazón... |
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