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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.
Clive, en su asiento, trató de evitar que acapararan su atención los detalles técnicos. Ahora era la música lo que importaba, la prodigiosa mutación del pensamiento en sonido. Se encorvó hacia adelante, con los ojos cerrados, concentrándose en cada fragmento que Bo estaba puliendo. A veces clive trabajaba tan exhaustivamente en una pieza que llegaba incluso a perder de vista su propósito último: crear ese placen a un tiempo sensual y abstracto, traducir en aire vibrante ese algo inefable cuyos significados se hallaban siempre, eternamente, más allá de nuestro alcance, seductoramente suspendidos en ese punto en que se funden la emoción y el intelecto. Ciertas secuencias de notas no lograban recordarle más que el reciente esfuerzo de escribirlas. Bo ensayaba ahora el siguiente pasaje, que no erea tanto un diminuendo como un auténtico encogimiento, y que a Clive le llevó a evocar el desorden de su estudio aquel día, a la luz del alba, y aquel <atisbo> que había tenido sobre sí mismo y que apenas se había atrevido a formular. Grandeza. ¿Era un idiota por haberse permitido albergar tal pensamiento? Sin duda tenía que darse un primer momento de reconocimiento de la propia valía, y sin duda tal momento siempre sería percibido por el sujeto como absurdo. Extraído de Amsterdam, de Ian Mcewan. Iban los cuatro amigos paseando descalzos por la orilla. La marea había comenzado a subir y de vez en cuando las olas llegaban mortecinas hasta ellos cubriendo sus pies. El sol, casi oculto, recortó a unos metros la silueta de una joven sentada frente al mar que miraba absorta el horizonte. Cuando llegaron junto a ella le preguntaron si podrían alcanzar las dunas caminando por la orilla y qué tiempo tardarían. La chica se puso de pie y con gesto cansado comenzó a explicarles que cuando se encontraran con la desembocadura del río debían bordearlo hasta llegar a un puente a unos cincuenta metros. Mientras hablaba, las olas arrastraron hasta los pies del grupo una botella de vidrio transparente tapada con un trozo corcho. – Hay un papel dentro como en las botellas de los náufragos – advirtió, entre sorprendido y divertido, uno de los amigos- Veamos qué dice. – Sólo puede ser una petición de ayuda – intervino la chica sin mostrar el menor interés en el asunto. – Qué difícil debe de ser que la botella de un náufrago llegue a una playa; lo normal es que se pierda en alta mar– dijo otro de los chicos mientras intentaba quitar el tapón hinchado por el agua. – No – respondió la joven volviendo a perder su mirada en el horizonte–, lo normal es que el mar la devuelva una y otra vez al náufrago que intenta enviarla. Blacamán Hace muchos años, cuando era joven y estaba soltero, las muchachas me gustaban con locura. No es una característica insólita, si tenemos en cuenta que era un mozo destinado a ser un obseso sexual en potencia. La verdad es que si a un joven no le gustan las muchachas es más probable que un psicoanalista termine por decirle (por supuesto después de cuatro años a treinta y cinco dólares la sesión) que, o bien está enamorado de su madre, o de su padre o del muchacho de enfrente. No me entra e la cabeza que cualquiera de los lados de este triángulo pueda tentar a un joven (o a un viejo), y eso sin contar con que la mayor parte de la sociedad, como es bien sabido, desaprueba las desviaciones sexuales. De manera que aconsejo a todos los jóvenes que se dediquen a perseguir niñas desde el mismo día en que aprendan a atarse los cordones de los zapatos y que se olviden de las tendencias anormales que podrían llevarlos a la ruina física, moral y, hoy, incluso política. Extraído de Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx. |
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